22 marzo 2009

Carta de Ariadna a Teseo

Oleo: Tiziano


Mi estimado Teseo.
Soy Ariadna.

Aquella muchacha hija del rey de Creta, no sé si recuerdas, esa que te salvó de ser devorado por el minotauro y, a tu pueblo de pagar el tributo en donceles y doncellas. Aquella del talle fino y las piernas largas, la de las trenzas castañas que gustabas enredar entre tus dedos.

Esa que abandonaste a su suerte en las playas de Naxos, aprovechando que dormía para huir con sigilo.

Te escribo, Teseo, porque es de amigos la gratitud y, en todos estos años, no pude expresarte mi reconocimiento a tu abandono. Pero ahora, ante tanto comentario funesto sobre ti, ante ese estallido de risas en las tabernas llamándote antihéroe, me di cuenta de los años transcurridos.

Sé que estarás viejo rey de Atenas, que tus espaldas se curvarán, tu piel colgará flácida, tu cabello -si lo conservas- cano, tus deseos apagados y preparándote para cruzar las aguas del Estigia. Como comprenderás debía apresurarme.

Tantas calamidades se cuentan sobre ti... Dicen que no mataste al Minotauro. ¿Cómo es posible, si además del ovillo para que remontaras el laberinto, te di la espada mágica capaz de vencerlo.

Tanto me inquietan los rumores que consulté con las diosas, aunque podría haber encontrado las respuestas por mi misma.

Podría, porque desde el momento aquél en que me abandonaste, me volví inmortal. Si me vieras, me reconocerías en el acto, Teseo. Nada he cambiado, mi piel aún es una magnolia.


A propósito ¿Cómo se encuentra Fedra, mi querida hermanita, esa que te arrancó de mi lecho para llevarte al suyo? Me han dicho que lleva la cabeza cubierta por paños negros, que algo la avergüenza. Y que no es sólo el haber enamorado a tu hijo Hipólito, sino algo relacionado con su madre. ¿De verdad es obra suya la muerte de Hipólita?

Vaya destino el tuyo Teseo... ¡ Qué penoso! Cuánto lo siento. Pudo ser sereno y armonioso... pero me abandonaste en Naxos. Son las cosas de la Vida.

H
oy, bebiendo ambrosía de la copa de mi amado, me volvió el recuerdo de aquella mañana en que entró al puerto la embarcación de las velas negras, con su carga de atenienses reclamada para el sacrificio.


Te vimos bajar, Fedra y yo temblamos; sobresalías entre todos. Tan guapo con tus muslos firmes, la espalda ancha, los pectorales de bronce y esa cabeza que parecía ornada de virtudes.

¡Cómo engañan las apariencias, Teseo!

Una sirvienta nos dijo que eras el hijo del rey de Atenas, llorábamos por tí, se acercaba el día en que entrarías al laberinto. No abandonabas mis pensamientos, ni de los de Fedra. ¡Mosquita muerta! Con razón no quiso permanecer en Creta aunque para ella no habría habido castigo. Y yo que me creí esa historia de que no abandonaría a su hermana mayor. ¡Hipócrita!

Para salvarte, compré al carcelero con el oro que adornaba mis trenzas y entregándote el ovillo y la espada te enseñé como usarlos. En señal de gratitud tomaste mis manos.

- Tendrás que llevarme contigo, Teseo, porque la ayuda que te doy me condena a muerte. Los tuyos mataron a mi hermano, mi padre no perdonará esta traición.-

Juraste por los dioses, por el honor de tu padre y el resultado de tu empresa, que nunca me abandonarías.

Yo te creí, ¿Cómo no iba a hacerlo si tus ojos miraban a los míos y derramaban tiernas lágrimas? Después supe que el polen de las flores cretenses afectaba tu vista.

Me hiciste tuya en la noche de navegación. Te urgía conocerme, yo me entregué enamorada. Eran tan hermosos tus cabellos negros, tan apretado tu abrazo, tan resplandecientes tus palabras como azules los mares que atravesábamos.

Quedé rendida por los efectos del amor. Cuando nos detuvimos en Naxos, me recosté sobre la arena, apoyé la cabeza en mi brazo y me dormí profundamente.

Al despertar, tus naves estaban lejos, tan lejos que no oíste mis pedidos de auxilio.
Aún estaba en lo mejor de mi rabieta, cuando escuché una música deliciosa. Una procesión como jamás había visto avanzaba bulluciosa. Bellísimos jóvenes danzaban alrededor de un carro de oro, arrancando melodías maravillosas a los címbalos y las flautas. Las risas interrumpían la música y los danzantes hacían cabriolas.

Pero en el carro, ¡Ay… Teseo!, en ese carro viajaba el hombre más bello que ojos hayan visto. Y los suyos me descubrieron.

Descendió, se acercó a mí y, a pesar de mis párpados hinchados, de mi piel roja por la ira, acarició mi cabeza y exclamó que era más hermosa que Venus, pidió una copa de vino, y tendiéndomela me ofreció:

-Sé mi esposa, te volveré inmortal.-

No hay varón más perfecto que Dioniso. Amado como es por dioses y mortales nos rodea la alegría, la pasión y, los placeres.

Para evitarme la nostalgia, preparó un largísimo viaje por las ciudades de los hombres. Luego, ya instalados en la morada inmortal, nos dimos el uno al otro cuatro hijos, dignos de su cuna. Hemos sido tan felices, que en reconocimiento a nuestro amor, Dionisio, ha convertido la diadema que me obsequiara el día de nuestra boda en una constelación, para que siempre recuerde nuestra unión.

Es por esto Teseo, deseaba agradecerte, que aquél día me abandonaras en Naxos.

Tuya

Ariadna




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15 marzo 2009

Sibaritas o glotones



Quién no conoce a un sibarita del amor? Un solterón empedernido, un casado sin sosiego que colecciona faldas y amoríos…



¿Quién no conoce el desenlace de enamoramientos tardíos o soledades rabiosas que les aguardan?



No son Don Juan, tampoco Casanova, aunque de ambos participan.



Comienzan desde jóvenes el aprendizaje. Todo coleccionista debe ser un estudioso de su objeto de interés. A mayor conocimiento, mejores piezas entran al álbum.



Los maestros del amor hacen sus pininos, bajo el lema: la tinta con sangre entra. Pero sólo al comienzo, hasta que aprenden a dejar el cuerpo y despegar el corazón de sus proezas.



En ocasiones dicen involucrarse, pero es un juego controlado, para no hastiarse en la rutina.



A algunos, la estrategia se les vuelve arte: el artificio de deslumbrar, de ocultar, de volver la hora grata, de perfeccionar la caricia que desata, la voz que invita. Son víctimas de su sensualidad inflamada. De una enfermedad asintomática que cuando se desata, precipita.



Ellos son los inventores del detalle. Porque los maestros del amor son narcisos prevenidos, que perviven fascinados por la estética de sus sentidos.



Exigentes a la hora de rendir, verdaderos vampiros en la demanda.



La suerte de las mujeres que pasan por ellos se polariza. Las débiles lloran por el resto de sus vidas la pérdida de placeres tan exquisitos. Las fuertes, en cambio, se vuelven exigentes, agradecen las enseñanzas. Aunque unas y otras paguen el aprendizaje con duelos en carne viva.



El decano, fue Ovidio. Su vida consistió en un largo disfrute de las bienaventuranzas. Llevó tantas mujeres a la cama, que le era imposible recordarlas. Amó el cabello de una, la piel de otra, una voz, de esa los labios, de aquella las manos, objetos parciales que reunidos, inventaron a Corina, síntesis de su imposibilidad de amar.



Había aprendido tratándolas sus secretos, sus complacencias, sus apetencias, sus ritmos, sus cautelas. Por eso a los 44 años escribió “El arte de amar”. Un manual de seducción y placeres que instruyera en sus tácticas a otros amantes.



Ovidio, como tantos maestros del amor, murió desterrado de patria y mujeres, abrazado a fantasmas del ayer.



¿Qué llevó a Ovidio y a otros a ser coleccionistas? Creo que quizás el tango de una clave:



“En mi vida tuve muchas, muchas minas, pero nunca una mujer”



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11 marzo 2009

Confusiones invisibles


Para reflexionar es el caso de mi amiga Marisa.

Cuando se casó con un hombre de filántropicos ideales, él le dijo:

- Mucama no tendremos, no tolero el servicio personal.-

Por eso ella lleva más de quince años, sin tiempo para levantar la cabeza a otra cosa que el fregado de los pisos, de los trastos, del encerado, del plumero, del lavado y planchado de la ropa de su marido, (que sigue teorizando en su torre de marfil), para que “nadie” (más) padezca la servidumbre.

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08 marzo 2009

Sobre Lilith y las otras


No estaría mal refrescarnos la historia acerca del trío Adam, Lilith, Eva, y como juega la etimología con el desarrollo de la leyenda.

Aunque al parecer estaban muy solitos en el Paraíso, había otros personajes, dando pasto al culebrón original.

Dicen estudiosos de los mitos bíblicos como Graves o Milton, que cuando Dios creó a Adam, no usó cualquier tierra que tuviera a mano, sino “polvo puro”.

Para algunos lingüistas el nombre de Adam, proviene de su madre Adama (la tierra), relación que aunque es mencionada en el Génesis y luego por Quintiliano, quien resalta la correlación entre homo y humus en latín; se discute.

Para otros, Adam deriva de Adom (rojo), porque fue creado con arcilla de ese color. Hay quien dice que su nombre deriva de los 4 vientos principales Anatole, Dysis, Aratos y Mesembria.

Cuando Adam, hacia sus 20 años, terminó de poner nombre a los animales domésticos, observando que todos los bichos iban en pareja, se quejó al creador, él estaba solito. Dios se compadeció y creo la primera mujer.

Lilith hunde sus raíces en Sumer, donde por el 2000 a C, era la diosa de la fecundidad, conocida como Lillake, una chica muy sensual y promiscua.

Hay quienes consideran que el nombre deriva de “lavil" (noche) por eso aparece frecuentemente como un monstruo nocturno.

La pobre fue erradicada de la Biblia, sólo se la menciona en Isaías (34, 14-15)

Para crear a la compañera del solitario Adam, Dios usó inmundicia y sedimento, en lugar de “polvo puro”.

La vida de la pareja fue un tormento. Ella que se sabía una igual rechazaba acostarse debajo de él. Acá debemos reconocer poca plasticidad en la mente de nuestro abuelo, porque de seguro si probaba intercambiar lugares, otra habría sido la historia.

Pero Adam ya poseía las características obsesivas masculinas y lo nuevo lo hacía entrar en pánico.

Como ella no quería, él no tuvo mejor idea que obligarla. Ese fue el fin, Lilith usó la magia y elevándose por los aires, desapareció.

Adam fue a llorarle de nuevo a Dios, que compadecido envió a 3 ángeles en busca de la díscola muchachita. La hallaron a orillas del Mar Rojo acompañada por demonios lascivos, todos partidarios del amor libre, así que no hubo forma de convencerla para que regresara con su rutinario marido.

Como Adam no tenía consuelo, Dios le creo otra compañera. Una que muy pocos conocen.

Dejó que su chico consentido mirara, mientras él con huesos, tejidos, músculos, sangre y secreciones glandulares, iba formando a la segunda mujer. Apenas la vio terminada, Adam comprendió dos cosas: Que no había nacido para médico, y que jamás tendría trato con ella, ni estando arriba, ni estando abajo. Viendo que el hombre no refrenaba el asco, Dios la expulsó del paraíso, no se sabe a donde fue, pero algunos dicen que es la mujer que Caín y Abel se disputaron.

Fue entonces que Dios para acallar los chillidos de Adam, hizo a Eva.

Durmió al hombre, porque la paciencia se le agotaba, le sacó una costilla y formó a una mujer hermosa.

Cuando nuestro abuelito despertó, la vio, silbó y dijo emocionado:

-“ esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne”-

La bautizó Eva, o sea, madre de todos los vivientes.

Dios, les permitió comer de todos los frutos, salvo los del árbol de la ciencia.

Acá la historia da un giro de lo popularmente conocido, posiblemente por escabroso.

Aparece la serpiente que no es otro que el arcángel Samael, que será el padre de Caín. Ya les decía yo que esta historia era un culebrón…

Samael veía a la pareja retozar desnudos y sentía envidia. Por eso un día, esperó que el hombre se durmiera y ocupó su lugar. Eva se le entregó, engendrando a Caín.

John Milton hace un agregado muy interesante a la interpretación del mito. Dice que lo único que usó Samael para seducir a Eva, fue la voz.


“Enseguida comenzó a hablar, con una voz emitida por medio del aire vocal de indefinible acento, que variaba a medida que iba desarrollando su discurso. Y tomaba inflexiones tan distintas y adecuadas, al objeto de decir en cada momento aquello que más pudiese agradar a Eva, que su charla resultaba casi irresistible”

Sabiamente decía mi sacrosanta abuelita:

- No dejes hablar a un hombre que te convence de hacer lo que él quiere… - ¡Ay…! ¡Razón tenía!



…...

Luego del amor, la serpiente enfrentó a Eva con el árbol de la ciencia y ella, perdido por perdido, mordió la manzana y se la ofreció a Adam.

Dicen que Adam, sabiendo lo que ocurriría, prefirió seguirla al destierro.

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05 marzo 2009

De la costilla y de las sutilezas recomendables


Dicen que Dios nos hizo a las mujeres, a partir de una costilla de Adán.

Error imperdonable. Debió anticipar entonces, que entre tanto mandato masculino, como recibiríamos desde entonces, era a nosotras a quien debía quitárnosla, para cumplir así cumplir con creces el requerimiento de “la cintura de avispa”.

En fin, aunque esto de la costilla, parece ser clave en la temática de este blog, yo nunca me creí que ni mis hermanas de género ni yo, seamos nietas de la indecisa Eva, sino más bien de Lilith, su primera versión en esta tierra.

Sea como fuere, Eva no era tan mansa, lo suyo fue mejor un acertado disimulo. Nadie me saca de la cabeza que aquella vez en que le tendió la manzana al trémulo Adán, ella sabía que comenzaba a escribir la historia.

Y desde ahí, desde que nos pusieron fuera de la cárcel del paraíso, vamos, en los claroscuros, tejiendo la vida, con apariencia de sacrificadas ruecas. Aunque seguimos siendo, las magas poderosas que dialogan en secreto lenguaje con la luna y las mareas.


¡Shhh! ¡Mujeres no lo divulguemos!, porque aún nuestros poderes los asustan como a sus abuelos de las cavernas. Continuemos ofreciendo la manzana con graciosa ingenuidad.

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Acerca de este blog

Volvemos las incómodas costillas a reflexionar en voz alta y con humor, esos temas ponen la sal y la pimienta de nuestro camino con los hombres.


Intentando releer la historia, despejándola y despojándonos de los mitos dolientes que nos condenan a los planos segundones de participación.

¡A no llorar que siempre fuimos protagonistas!

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